Capítulo 1: La Noche Oscura
El silencio de la madrugada envolvía la habitación como un manto frío y pesado. Leo abrió los ojos repentinamente, con el corazón latiéndole de prisa en el pecho, sin saber qué le había despertado. A su lado, el espacio estaba vacío. La luz plateada de la luna se filtraba a través de la persiana entreabierta, dibujando líneas de sombra sobre las sábanas desordenadas.
Se sentó en el borde de la cama y se frotó el rostro. Llevaba meses sintiendo ese vacío silencioso, esa sensación de estar atrapado en una obra de teatro donde había olvidado el guion. Cada día era un reflejo exacto del anterior: el café amargo de las siete de la mañana, el trayecto automatizado hasta la oficina, las sonrisas de cortesía y las palabras vacías de significado.
Caminó descalzo hasta la ventana. La ciudad, por lo general bulliciosa e implacable, dormía en un letargo profundo. Solo el zumbido distante de un semáforo defectuoso rompía la quietud de la avenida. En aquel instante, contemplando el asfalto bañado de naranja por las farolas, Leo sintió que algo se quebraba definitivamente en su interior.
—¿De qué sirve todo esto? —susurró, y su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.
No era una pregunta retórica ni un lamento dramático. Era una constatación fría y aritmética. Había cumplido con todos los requisitos del éxito que la sociedad le había impuesto. Tenía el trabajo respetable, el apartamento decorado con un gusto impecable, la agenda repleta de compromisos sociales y una cuenta bancaria que le garantizaba no tener que preocuparse por el mañana.
Sin embargo, el mañana era precisamente lo que le asfixiaba. La certeza matemática de que despertaría al día siguiente, y al otro, y al otro, para seguir alimentando una maquinaria que no le aportaba nada más que estatus y agotamiento. Era un esclavo de cuello blanco encadenado a una vida que, sobre el papel, era perfecta, pero que en la realidad era un páramo árido y desolador.
Cerró los ojos y respiró hondo, buscando en su interior alguna chispa, algún rastro de la pasión que alguna vez creyó tener. Pero solo encontró el eco sordo de una melancolía que se había instalado en sus huesos como una humedad crónica.
Fue entonces, en la quietud absoluta de esa madrugada de octubre, cuando la idea comenzó a tomar forma. No fue una revelación mística ni un trueno celestial. Fue más bien como una semilla que rompe la cáscara bajo la tierra oscura. Una certeza incuestionable de que algo tenía que morir para que otra cosa pudiera nacer.
Leo miró hacia su escritorio, donde reposaba su teléfono móvil parpadeando con notificaciones no leídas, su reloj de marca y las llaves de su coche. Elementos de una identidad que de repente le resultaba ajena, como el disfraz de un carnaval que ya había terminado.
Sabía que si no hacía algo drástico, si no pegaba un volantazo en aquel mismo instante, terminaría desapareciendo por completo dentro de su propia vida, convertido en un fantasma que respira, come y paga impuestos, pero que ha olvidado cómo estar vivo.
(Continúa en el libro completo...)